31 julio 2009

Ilusión






Roses - Mensajes y Imágenes!



Cuatro paredes en blanco
una rosa perfumada
una foto hecha pedazos
y mis manos lastimadas.

Una luna que se asoma
entre visillos opacos
unas cortinas corridas
y un recuerdo casi intacto.

Unas manos que me abrazan
una boca que susurra
palabras entrecortadas
y besos en la penumbra.

Un amor que aun no ha muerto
una cita que se esfuma
tu cuerpo pegado al mío
los dos en la misma tumba.

Dime, cariño mío
que hiciste con mi alma
que ahora vaga vacía
de ilusiones y esperanza.

Aquella noche de invierno
cuando me dijiste adiós
te lo llevaste todo
dejándome sólo dolor.

Lo único que me queda
es anhelo e ilusión
de que la muerte pronto me lleve
a tu verita; mi amor.



28 julio 2009

Suspiros




Tú lloras por mí
yo suspiro por él.

El amor es como un vendaval
viene y va, viene y va
atraviesa montañas
valles y mares
juega con los sentimientos
de los demás.

El amor no se compra
no se pide, no se da
es esencia pura
por el que se llega a matar.

El amor es dolor
un dolor tan especial
que quien lo siente
no quiere parar.

Tú me quieres, me amas
yo te ignoro, te olvido.
me muero por él
y para él no existo.

27 julio 2009

Hechicero



Eres mi hechicero.

Cuando estoy contigo
me olvido de todo
y soy feliz.

Me hablas, me miras
y toda mi tristeza
se desvanece.

Me hechizas día a día
me invitas a quererte
y yo me entrego sin reservas
dichosa de tenerte.

Te quiero, lo sé, lo sabes.

No concibo mi vida
lejos de ti,
de tus palabras, de tu risa.

Eres mi hechicero
y me hechizas día tras día.

26 julio 2009

Culpable



¿Soy culpable de amarte?

No puedo controlar mis sentimientos.
Y no soy culpable de sentir
esto por ti.

Te quiero, te amo
con un cariño sincero
sin límites.

No pongo las normas
en el corazón de nadie
sólo sé que te amo
y que me gusta amarte.

25 julio 2009

Obsesión




Apoyada en cualquier esquina
vigilo tu casa, tu vida
controlo tus idas, tus venidas
observo tus entradas, tus salidas.

Me pongo hermosa
me hago la encontradiza.

Pero nada de lo que hago
consigue que me descubras.

Nuestros encuentros son
¿casuales?
nuestras charlas
¿triviales?
nuestros sentimientos
¿banales?

Espero y espero
entre feliz y deprimida
te busco y me esquivas
te hablo y me olvidas.

Y aquí sigo
apoyada en la esquina
esperando una mirada
anhelando una sonrisa.



18 julio 2009

Deshojando




Deshojando margaritas
pasan descuidadas las horas.

¿Me quiere, no me quiere?

Deshojando margaritas
el tiempo transita brevemente
esperando tu retorno
con desesperación latente.

Pero tú no regresas
ni me llamas, ni me sientes
y mi margarita muere
aguardándote.

Con la mano en el pecho
siento los latidos
de un corazón inerte.
y me pregunto llorosa
¿ donde estás, donde te metes?


Deshojando margaritas
pasan descuidadas las horas
preguntando, indecisa:
¿me adora, no me adora?




17 julio 2009

Me dijiste



Me dijiste ven
y mis pies volaron a tu encuentro
mi corazón se desbocó
cual caballo saliendo de su encierro
que puede, al fin
mover sus crines al viento.

Me dijiste ven
y mi cuerpo vibró de entusiasmo
corrí a refugiarme en tus brazos
hambrienta de ti, de tu aliento.

Me dijiste para
y mi corazón se detuvo en seco
mi alegría perdió su encanto
y una lágrima inexperta
salió de unos ojos
rebosantes de miedo.


Doblé la esquina
sin mirar atrás
sin demostrarte ni alegría ni tristeza
herida en mi orgullo interno
y sabiendo que el final estaba cerca
porque yo… sin ti… me muero.

09 julio 2009

Rompiendo




Rompen las cadenas del silencio
los llantos rotos
las mejillas arreboladas por el miedo
y la impotencia de saber
que todo se perdió.

Rompen las cadenas del equilibrio
el óbito y los golpes
la indiferencia ante los otros
y el saber que nada volverá.

Rompen las cadenas de la unión
la separación ante el conjunto
imaginando que toda lucha
carece de fundamento.

Llueve llanto, pánico, desolación
llueve sangre, angustia, dolor.

Llora el alma
Llora Dios.

23 junio 2009

Te envidio




Te envidio por lo que eres,
por aquello que pides
y por todo lo que entregas.

Te envidio cuando ríes,
cuando lloras, cuando cantas,
cuando duermes,
incluso cuando callas.

Te envidio cuando me mimas,
cuando, mirando hacia otro lado,
me ignoras.
Te envidio cuando me amas
y cuando me dices
cosas buenas, cosas malas.

Te envidio cuando te sientas,
cuando andas
cuando me das tu mirada,
cuando tus labios sonríen
o tus ojos me abrasan.

Te envidio porque tú sólo
haces que envidie tu cara,
tus ojos, tu sensual boca
tus guiño por la mañana.

Te envidio porque sólo tú
consigues que mi corazón palpite
aún estando en calma.

Te envidio por la mañana,
en la noche
de madrugada.
Durmiendo, despierta
sola o acompañada.
siempre…¡Te envidio!


14 abril 2009



La niña


Muerta se quedó la niña
a las puertas de su casa
mientras un puñal dorado
adornaba sus entrañas.

Muerta se quedó la niña
y muertas las esperanzas
una vida por delante
y otra recién estrenada.

En el filo de su boca
un hilillo de añoranza
claveles de rojo fuego
anunciando una matanza.

Comienza a nacer despacio
de sus ojos una lágrima
resbalando por su rostro
que tristemente se apaga.

No me llores niña bella
que tu madre te acompaña
pidiendo al hombre justicia
clamando al cielo venganza.

Muerta se quedó la niña
a las puertas de su casa
su madre recoge el cuerpo
y pide al cielo venganza.


12 abril 2009

Cerrar los ojos





Cuando cierro los ojos, no veo nada, pero tu imagen viene a mi mente como movida por un ser superior.
Te quiero y te admiro, te deseo y te extraño. Eres lo mejor que me ha pasado, el amigo que nunca tuve, el hombre que siempre he anhelado. Tu amor lo guardo, como un diamante bruto, en lo más íntimo de mi ser.
Y sin embargo debo permanecer en silencio. No puedo decir que me derrito por una mirada tuya, por una sonrisa, por unas palabras. No puedo decir que en mis sueños te amo y me amas, te miro y me miras, sonreímos y somos felices.
En mis días tristes te recuerdo y me siento bien. Te guardo el secreto, me guardas el secreto y somos felices. ¿Hasta cuando?
No puedo dejar de sentir angustia cuando los demás me miran y creo adivinar en ellos una sospecha, la idea de que quizá mi secreto vea la luz y se difumine.
Por eso cada día salgo menos, me refugio en ti, recuerdo la forma en que me coges de la mano y me dices que para ti soy lo más grande, lo mejor. En silencio espero que la noche me haga caer en tus brazos y me obsequie con tus besos y tus abrazos.
Temo despertad y volver a la cruda realidad, donde tu figura se pierde y no la consigo encontrar, donde dejo de oír tu risa espontánea y tus ojos desaparecen difuminados con la claridad del día.
Entonces dejas de existir y mis recuerdos se vuelven vagos y llenos de lagunas, sin saber si eres realidad o ficción y comienza mi desesperanza, mi anhelo de que termine el día y nuevamente llegue la oscuridad.
¿Hasta cuando seguirás estando en mis sueños? Hasta que los sueños puedan hacerse realidad.

08 abril 2009


La alambrada


Ojos perdidos en el infinito
manos que atrapan la malla.

Una flor que brota a veces
la sonrisa que arriba
y sin saber por qué
desaparece.

Mírame , cariño mío
no tengas miedo de nada
pues tu madre te protege
a través de la alambrada.

Sus manos miran al cielo
heladas por la mañana
pidiendo un poco de tiempo
para poder calentarlas.

De sus labios, como escarchas
miles de reproches saltan
topándose con paredes
sucias y desesperadas.

Niña de mi corazón
tesoro de mis entrañas
aguanta un poco la espera
que se hace un poco larga.

Sus labios cantan canciones
que escuchaba en la mañana.

Mañanas de días felices
mañanas de luz y calma
mañanas donde las gente
cantaban bellas baladas.

Las estrellas la contemplan
risueñas y engalanadas
mientras la suave brisa
en su pelo se enmaraña.


No tengas miedo, mi cielo
no tengas miedo de nada
pues tu madre te contempla
a través de la alambrada.

Y cuando la justicia llegue
y traiga la deseada calma
acuérdate de tu madre
que entre lágrimas velaba
a través de la alambrada.

04 marzo 2009




Olvídame

Rompe mi foto en cien pedazos
haz el amor olvidándome
imagínate en brazos de otra mujer
reparando tu corazón hecho retazos.

Olvida mi nombre marchito
recuerda mil cuerpos lejanos
trágate lágrimas derramadas
producto de un dolor infinito.

Quema mis ropas en la hoguera
y deja que el viento las temple
que juegue con ellas y las pierda
entre las nubes austeras.

Olvida mi risa exaltada
olvida mi pasión ardiente
y los besos que te daba
con grato sabor a aguardiente.

Pero cuando alguien te diga
al oído frases bonitas
sin querer recordaras
las que yo te dedicaba
cuando mi amor conservabas.

Y cuando las flores del campo
desplieguen sus ropas alegres
con tristeza les dirás
que el mejor de los amores
lo perdiste para siempre.

18 febrero 2009


La chica de Elisa.

Elisa era una mujer guapa y atractiva. A pesar de haber superado los cuarenta, poseía un espíritu joven al que acompañaba un cuerpo esbelto y llamativo. Tenía el pelo moreno, largo hasta los hombros y un poco rizado; pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos vivaces rallando la picardía y su sonrisa seductora y atrevida. Sin embargo, cuando la gente la conocía, apreciaba en ella un gran corazón lleno de generosidad y una tremenda facilidad para entregarse al necesitado.
Aquella noche, Elisa se encontraba sentada en el patio de su casa. Era un patio amplio que servía de jardín y entrada a su humilde pero acogedora vivienda.
Una incesante luciérnaga giraba en torno al farolillo que, suspendido de un pequeño sarmiento, iluminaba un precioso racimo de uvas que intentaba tomar el color dorado que tanto agradaba a Elisa.
Sobre la mesa, un vaso de tinto con hielo quitaba calor a la velada, mientras Curro, su gato favorito, ronroneaba tendido junto a ella, sumergido en un plácido sueño.

“Es una noche perfecta”, pensaba de vez en cuando, separando los ojos del libro que estaba leyendo y disfrutando de la calidez que le otorgaba el verano.
En algunas ocasiones se deslizaba los cascos y se limitaba a escuchar los cantos de unos grillos escondidos en la oscuridad. Sin embargo, la historia que estaba leyendo la tenía totalmente enganchada, por lo que rápidamente retomaba su lectura.


– ¿Y aquellas ruinas que se ven al fondo qué son?–preguntó el chico entusiasmado.

–Son restos de la antigua muralla que defendía la ciudad. Aquella ruina que ves allí con apariencia de arco es una de las antiguas puertas de la muralla. Creo que se llama la “Puerta del viento”. La muralla de origen árabe, bordea toda la parte sur, el casco antiguo donde se asentaron los musulmanes cuando conquistaron estas tierras. Mira, vuélvete… ¿Ves esa construcción sobre el tajo con árboles que parecen que se quieren caer?

–Si, debe ser una casa de gente importante.

–Es la llamada casa del rey Moro. Dice la historia que fue construida por un gran príncipe que trajo del norte de África muchas flores que adornaron con su color y olor toda la comarca. En el jardín hay varios desniveles y a las distintas terrazas se accede a través de pequeñas escalinatas decoradas con azulejos. Hace algún tiempo que visité esos jardines y quedé maravillada con sus canalillos y sus fuentes y estanques cubiertos por nenúfares. En el interior de la casa hay una mina de captación de agua, también de origen árabe, y una escalera tallada en la misma roca con más de trescientos escalones que baja hasta un manantial que brota en el fondo del tajo. Dicho tajo por dentro está hueco y contiene estancias, desde aljibes hasta habitaciones que fueron utilizados como polvorín y depósito de grano.

– ¡Qué interesante! ¿Tú lo has visitado?– Volvió a preguntar el chico cada vez más sorprendido.

–No, está cerrado al público. Además, en aquellos tiempos esta mina era todo un secreto y gracias a ella los musulmanes podían resistir los ataques de los enemigos.
Cuenta la leyenda que, cuando algún cristiano era apresado por los árabes, el castigo que le imponían era acarrear el agua desde el fondo del tajo hasta la superficie. ¿Imaginas tener que subir trescientos y pico de escalones cargado de agua? Dicen que los cristianos, cuando maldecían a alguien les gritaban: “en…


Sumida en este maravilloso mundo, Elisa percibió un tenue gemido. Levantó la cabeza, extrañada, y separó los cascos de sus oídos. Miró a su alrededor, pero no vio nada que pudiese inquietarla. No dando demasiada importancia al acontecimiento intentó concentrarse en la historia que estaba leyendo, pero un nuevo gemido la sobresaltó. Depositó el libro sobre la mesa y, lentamente, se acercó a la cancela que la protegía de la solitaria calle. Entonces su corazón, un poco acelerado, comenzó a latir a toda velocidad. Sobre la acera, casi desnuda y respirando con dificultad, se encontraba una chica de apenas veinte años. Elisa se acercó hasta ella, sigilosa, y la examinó algo extrañada.
La joven apenas podía moverse, pero al verla un destello de esperanza brilló en sus ojos y, con gesto de dolor, susurró casi al borde de la inconsciencia un tímido “ayúdame”. Intentó tenderle la mano, pero al separarla de su vientre un golpe de sangre limpia manchó la falda.
Elisa permaneció inmóvil durante unos minutos, pues no sabía qué hacer ni qué decir. Luego, despavorida, corrió hacia el interior de la casa y se dirigió hasta el dormitorio donde su marido estaba acostado. Lo zarandeó varias veces, mientras sus ojos despedían gruesas lágrimas y un nudo en la garganta le impedía emitir sonido alguno. El hombre, desorientado, se dejó llevar hasta la calle.

–Dios mío, joder, joder… ¿qué ha pasado? – exclamó al ver el estado de la chica.

Nadie respondió. La muchacha intentó incorporarse, pero una nueva mancha de sangre salió de su abdomen. El hombre, haciendo alarde de su fuerza masculina, la cogió en brazos y la llevó hasta el interior de la casa, depositándola sobre el sofá. Ella permaneció con los ojos casi cerrados y la respiración entrecortada.
El esposo tomó el teléfono y llamó al servicio de urgencias, mientras su mujer se retorcía las manos y permanecía en el quicio de la puerta completamente bloqueada.

–Es una emergencia, por favor vengan lo más pronto posible, una joven se está desangrando.

Minutos más tarde, una ambulancia se detuvo en la puerta de la casa. Un médico y un enfermero entraron rápidamente y prestaron los primeros auxilios a la muchacha que estaba entre la vida y la muerte.

– ¿Qué ha ocurrido?– quiso saber el médico.

–No lo sé. Mi mujer la encontró ahí fuera en estas circunstancias.

–Está bien –dijo el doctor dirigiéndose a Elisa–. Mañana hablaremos.

Ella asintió con la cabeza mientras le daba vueltas, nerviosa, al anillo que tenía en el dedo; pero no pronunció palabra alguna.
Finalmente consiguieron detener la hemorragia, introdujeron a la chica en el coche y se marcharon hacia el hospital.

Aquella noche, Elisa durmió gracias a los efectos de un somnífero, pero tuvo sueños llenos de monstruos que se comían unos a otros. Despertó temprano, se arregló un poco y se encaminó hacia al hospital. Preguntó por una chica cuyo nombre desconocía pero que había ingresado la noche anterior gravemente herida.
La enfermera miró el registro, luego a ella, y finalmente le dijo que, con las señas que dio Elisa, joven, con el pelo rojizo y con una herida abdominal, había ingresado una joven que se encontraba en cuidados intensivos, pero que debía ser trasladada a otro hospital para realizarle unas pruebas especiales.

La mujer preguntó por su estado de salud y la enfermera contestó que era crítico pero que si quería mas información debería hablar con el doctor que la había atendido la noche anterior.
Elisa dio media vuelta y salió de la clínica con la mirada de la chica grabada en su retina y preguntándose cuántas mujeres vivirían aquel calvario todos los días por culpa del fanatismo de algunos hombres que consideraban a sus parejas como simples propiedades.

Varias semanas más tarde, Elisa se encontraba tomando el fresco. Tenía el mismo libro sobre las piernas, la brisa de la noche acariciaba su rostro y el gato lamía sus pies descalzos.

De pronto la cancela se abrió y un cuerpo encorvado entró en el patio de la casa. Elisa contempló en silencio aquella melena. Rápidamente se levantó de la butaca y, avanzando hacia la joven, la estrechó contra su pecho, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

– ¡Qué alegría, chiquilla! ¿Estás bien?, ¿Has cenado?, ¿Puedo saber qué te ocurrió? Perdona mi brusquedad… pero estaba muy preocupada. Te serviré un refresco. ¿Qué te apetece?

–Zumo, por favor –contestó la chica con una sonrisa.

Elisa entró en la casa y al cabo de unos minutos salió con dos vasos de refrescos en una bandeja. Invitó a la chica a sentarse y esperó impaciente a que bebiese un poco. A continuación volvió a bombardearla con las mismas preguntas.

–Fui al hospital, hablé con el doctor y me dijo que estabas en estado crítico. Debían hacerte unas pruebas para las que tenían que trasladarte a otro centro. No obstante, todos los días he sabido de tu evolución gracias a la enfermera que te atendía. Pero dime… ¿qué fue lo que te ocurrió?

–Me enamoré de la persona equivocada. El amor es ciego y yo… no supe ver más allá de mis sentimientos. Cuando le dije que pensaba abandonarlo se volvió loco gritando que no podía dejarlo, que le pertenecía y que antes de verme con otro me vería en la tumba. Salí de la casa y él corrió tras de mí. Cuando me alcanzó forcejeamos, me clavó un cuchillo en el abdomen y, al ver la sangre, se asustó y huyó. Caminé sosteniéndome en la pared y, cuando vi luz en tu patio me acerqué, pero me fue imposible llegar. Entonces tú viniste y me ayudaste. Eso es todo.

– ¿Y qué piensas hacer ahora?

–Me iré lejos, soy joven y me espera un futuro lleno de posibilidades. Pero no quería marcharme sin despedirme y darte las gracias por lo que hiciste.

Las dos mujeres permanecieron charlando un rato, sentadas bajo las doradas uvas y contemplando de vez en cuando las estrellas. Luego, tan misteriosa como había llegado, la chica se levantó y se marchó.
Elisa sonrió levemente y buscó, entre las páginas de su libro, la última frase que había leído poco antes: "no es dinero lo que necesita el ser humano, sino respeto y cariño".


17 febrero 2009



QUIERO
Quiero el néctar de tus labios
Quiero el calor de un abrazo
Una sonrisa en tu boca
Y ojos de enamorado.

Quiero que me digas hoy
Lo que por temor escondes
Que me amas con locura
Y que mi amor pretendes.

Yo te diré con los ojos
Mil palabras, mil reproches
Pero de mi boca saldrá
El perdón de siete noches.

Siete noches de desdichas
Siete besos regalados
Dos cuerpos fundidos en uno
Y un alma hecha pedazos.

Ahora di que me amas
Aunque luego sea mentira
Y yo sabré perdonarte
Las lágrimas que por ti derramo
Por culpa de una pasión
Que disfruto compartida.




ME AMAS

En el umbral de la muerte
Solo pido, emocionada
Que me digas muy bajito
Lo mucho que aún me amas.

No quiero que aparezcas
Ni con flores ni con lágrimas
Solo quiero que me digas
Que por mí pierdes la calma.

En los días que se acaban
Bajo el manto gris del alba
Te puedo decir muy claro
Que sin ti aún no soy nada.

Porque tú eres lo más bello
En una noche estrellada
Eres la luz que me alumbra
Cuando la noche se acaba.

En el día eres ocaso
En la noche eres el alba
Alegría en la tristeza
Y vida en la nostalgia.

Contigo me siento feliz
La desdicha está vetada
Una mano, una caricia
Una risa, una mirada.

Quédate conmigo hoy
Quédate también mañana
Dime que aun me quieres
Y que sin mí no eres nada.

16 febrero 2009



QUIERO QUE VUELVAS

Quiero que vuelvas, me siento vacía sin ti.
En las noches de invierno
Cuando la lluvia resbala en los cristales
Imagino tu cuerpo acariciando el mío.
Y quiero que vuelvas.
Los días se hacen largos si no estás a mi lado
Las noches se hacen interminables
Y los sueños insoportables.
¿Dónde se han quedado tus promesas?
¿Dónde has escondido tus palabras
Tu risa de niño, tu mirada encantada?
Tiembla mi cuerpo
Bajo el síndrome de tu ausencia.
Quiero verte de nuevo
Quiero que vuelvas.

05 febrero 2009


QUÍTATE LA ROPA


Siempre me he considerado una mujer muy formal y responsable. En todos los trabajos en los que he estado he brillado por mi lealtad y mi competencia. Soy cajera en una cadena comercial, y desde que comienzo hasta que termino me dedico a cobrar a los clientes y procurar que ninguno se vaya sin pagar. Hace unos días, sin ir más lejos, tuve que demostrar una vez más mi capacidad de trabajo y seriedad.
Acabábamos de abrir cuando un chico se me acercó tímidamente y me dijo:
–Señorita… desearía una caja de preservativos.
Yo, haciéndome la experta, le aconsejé varias marcas.
–Pues mira, los tenemos de colores, de sabores a fresa, vainilla, chocolate…estos son anatómicos, también los hay de latex y para los alérgicos de poliuretano…
El pobre chico no sabía hacia dónde mirar ni qué decir. Se le notaba cohibido y con ganas de salir corriendo. Tartamudeaba y miraba a los lados inquieto y las explicaciones que yo le ofrecía con tanto esmero creo que ni siquiera llegó a oírlas.
–Me da igual, yo solo quiero unos preservativos de los más normales.
–Vale, entonces llévate estos que son una marca muy buena, son finitos y los que mejor se venden.
El chico se decidió por los últimos que le había mostrado so pretexto de que servían todos. Acto seguido me acerqué a la caja para cobrarle su compra y, tras pagar y guardarse secretamente su apreciada adquisición, se dispuso a salir del establecimiento.
Todavía no me había despedido de él cuando sonó la alarma. Mi compañera y yo nos quedamos mirando al chico y éste, encogiéndose de hombros dijo:

–Os aseguro que no he comprado nada más.
–Pues lo siento, pero tendrás que quitarte la chaqueta –dije un poco incómoda.
– ¿Cómo dice?
–Que tendrás que quitarte la chaqueta. Lo siento mucho pero suena la alarma y yo soy la cajera, así que es mi responsabilidad saber por qué pita este chisme.

El pobre chico, más rojo que un tomate, se quitó la chaqueta y la depositó en el mostrador. Se dispuso a pasar por la caja y… la alarma sonó de nuevo.
Mi compañera y yo nos miramos, sorprendidas, y yo le dije al muchacho:

–Lo siento, pero tendrás que quitarte la camisa.

El chico obedeció y se quedó desnudo de cintura para arriba. He de reconocer que tenía unos pectorales que quitaban el sentido; un chico de veinte años, atleta, rubio, guapo a rabiar, y casi desnudo… delante de dos mujeres que ya tenían más de treinta años. Todavía tengo grabada su tableta de chocolate en mi cerebro. Volvió a pasar y…pi,pi,pi.

–Ah no, los pantalones no me los quito. Si quieres, llévame a una sala y allí me despeloto, pero aquí, delante de tanta gente… ni hablar.

–Está bien, mi compañera y yo te acompañaremos y veremos qué pasa.

En aquel momento llegó la encargada de personal acompañada de otro señor. Cuando le explicamos lo ocurrido nos miró con cara de asombro y luego se dirigió al muchacho.
–No pasa nada, chiquillo, puedes vestirte. Por cierto, la compra es un detalle de la casa. Haz el favor de devolverle el dinero, Conchi.
Mi compañera y yo nos miramos sin comprender lo que estaba pasando. Luego, la encargada se dirigió a hombre y le dijo:
–Esta es la caja que está estropeada. Cuando quieras le echas un vistazo a los sensores a ver si se pueden reparar. En caso contrario será necesario que les pongas unos nuevos.
Luego, dirigiéndose a nosotros, nos dijo que ya hablaríamos cuando llegase la hora de cerrar. Mi compañera y yo nos miramos fijamente sin pronunciar palabra. Esperamos a que se fuese y estallamos en una sonora carcajada. Sabíamos que nos esperaba una buena regañina pero… había merecido la pena.

04 febrero 2009




NO HABLES


No hables
solo mírame y sonríe.

Deposita en mis ojos
la dulzura de tu mirada
la alegría de tu sonrisa
la magia de tu templanza.

Déjame seducirte
con mis palabras
con la caricia de unas manos
que desean llegar a tu alma.

No hables
no me digas con murmullos
ni con frases adornadas
que quieres colmar mis labios
de emociones exploradas.

No hacen falta las palabras
ni oraciones inventadas
solo mírame y sonríe
así sabré que me amas.

03 febrero 2009




SIN TI

Como un barco navegando a la deriva
Como un lamento sin fin
Como el niño llorando un abandono
Así es mi vida sin ti.


Como la ola que muere entre las rocas
Como el sol en un día gris
Como la luna en una noche eclipsada
Así es mi vida sin ti.


Como el pájaro que cae del nido
Como el desnudo de un maniquí
Como la hoja movida por el viento
Así es mi vida sin ti.

24 enero 2009




ÁMAME

Acaríciame el rostro
recítame poemas
sonríeme.


Alborótame el pelo
di que me quieres
abrázame.

Yo contestaré con evasivas
reiré débilmente
y entre murmullos diré
ámame


SANAA

La mañana amaneció sin una sola nube en el cielo. Los pájaros, cantando en los tejados de las diminutas casas encaladas, despertaban a los vecinos del pueblo. Como una suave brisa en una tarde de primavera, tan suave que apenas es perceptible por los sentidos, llegó la trágica noticia; una noticia que no conmovió a nadie, salvo a una niña de apenas diez años que esperaba la llegada de su mamá sentada en el balcón de su casa.

Lucía pertenecía a una familia humilde. Separada de su madre por problemas que aún ignoraba, se había criado al amparo de su padre y abuelos. Sin embargo, hoy era un día especial para ella; su madre regresaba a casa después de pasar una larga temporada en un lugar desconocido, desde donde venía una vez a la semana para pasar unas horas a su lado. Hoy, ¡por fin!, su madre volvía para quedarse. De su última visita, aún guardaba en su mente el olor característico de su piel. ¡Cuánto la añoraba!




Cuando vio aparecer el coche por la calle principal, el corazón le dio un vuelco. Supuso que su querida progenitora aparecería repleta de juguetes y golosinas para ella pero en su lugar llegaron dos policías con caras serias y preguntando por la abuela.
Sólo una mirada bastó para que toda su alegría se derrumbase. Los dos caballeros, tras charlar unos instantes con la abuela, se marcharon, dejando a ésta preocupada y en silencio.
Lentamente la niña se dio la vuelta y, como una autómata entró en su habitación. Una vez allí dio rienda suelta a sus emociones y lloró hasta que el agotamiento se apoderó de ella. Pasados unos instantes, la abuela entró y se sentó en la cama junto a ella. Ambas tenían los ojos rojos por el llanto. La abuela acarició la cara de la chiquilla suavemente y le dijo:
- Lucía, hija mía, tu madre me dejó hace tiempo una carta para ti, haciéndome prometer que te la entregaría cuando fueses mayor y entendieses cómo funcionan las cosas en este mundo; pero creo que ha llegado el momento de que sepas quién es tu mamá. Toma la carta y léela mientras yo intento averiguar qué es lo que ha pasado realmente.
Isabel salió de la alcoba, y la niña aprovechó la ocasión para abrir un sobre amarillento en cuyo interior se encontraba una carta escrita con letras apenas legibles. El texto decía así:
“A mi preciosa Lucía…te quiero.
Te quiero: una palabra tan simple y sin embargo tan cargada de sentimientos y emociones.
Es curioso pensar cómo se pueden decir tantas cosas sin que nuestro corazón sienta lo que nuestros labios pronuncian, cómo se puede mentir de tal manera que la persona que escucha, a base de oírla una y otra vez, termine por creerlo.
Eso me ocurrió a mí. Conocí a tu padre en un momento complicado de mi vida, y me aferré a él de la misma manera que me aferré a aquel trozo de madera que flotaba en el mar, la noche que volcó el cayuco que me traía a tu país. Me encadené a él como lo hice con aquel degenerado que me ofreció dinero a cambio de una noche de placer. A ese billete le siguieron otros, y de ese modo me convertí en una vulgar prostituta, una degenerada sin valores en tierra extraña, sin escrúpulos ni conciencia…sin respeto hacia mí misma.

Me cautivó la juventud de tu padre y su risa de niño; también sus palabras cariñosas y esperanzadoras; sus besos y sus caricias. Ilusionada y con ganas de superarme en la vida me fui a vivir con él.
Yo, una pobre inmigrante, sin papeles ni trabajo, adicta al alcohol y que vendía su cuerpo en un burdel asqueroso, sufrí desde el primer momento el desprecio de su familia.


Pero él me quería… o eso solía decir.
Cuando bebíamos peleábamos y nos golpeábamos. Luego nos arrepentíamos, nos abrazábamos y hacíamos el amor.
Tú fuiste el resultado de una de esas noches. Pensaba que entonces todo cambiaría. Tendríamos la paz que habíamos gozado en contadas ocasiones, momentos de los que guardaba y guardo recuerdos maravillosos. Cuando naciste, me hiciste la mujer más feliz del mundo. Muchos proyectos acudieron a mi mente de muchacha nueva y reciclada. Pero, aunque en un principio pensé que al quedarme embarazada mejoraría nuestra relación de pareja, cuando te tuve en mis brazos comprendí que, de nuevo, me había equivocado, pues no era consciente de la responsabilidad tan grande que suponía criar a una hija.



¿Está una mujer con veintidós años preparada para ser madre? No lo sé; yo al menos no lo estaba.

Una noche que llegué ebria a casa, mi compañero, que también había bebido, cerró la puerta con llave y me impidió entrar para verte. Me amenazó con apartarte de mi lado y yo me volví loca de dolor. Entonces comencé a gritar y a golpear la puerta con las manos y los pies hasta conseguir abrirla. Acto seguido él me golpeó acusándome de mala madre y de muchas cosas más. Estábamos encolerizados los dos y no éramos conscientes de nuestros actos. Finalmente lo agredí, golpeándole varias veces en la cabeza con una botella de cristal. Los vecinos, molestos por los gritos, llamaron a la policía. La noche terminó para mí durmiendo bajo un portal y separada de ti, mi niña.
A la mañana siguiente él me denunció por agresión y, por no cuidarte, me llevaron ante el juez, que, en una sentencia provisional, me puso una orden de alejamiento. Sólo me estaba permitido verte tres días a la semana durante dos horas al día.
¿Sabes lo que se siente cuando quieres conseguir algo y no puedes? Yo sí lo sé: el mundo se te hace pequeño, el día pierde su luz y el alma duele tanto, tanto, que te cuesta respirar, andar, hablar. Sólo deseas llorar, pero llega un momento en que ni eso puedes.
Ahora, después de la sentencia, me han recluido en un centro para mujeres. Quieren que me desintoxique, “reinserción social”, lo llaman ellos. Pero mientras yo estoy en este centro, luchando contra esta dependencia, tú estás creciendo lejos de mí y no puedo disfrutar de esos momentos que vive una madre cuando abraza a su hija, le da de comer o simplemente la observa.
Te escribo una carta todos los días, para que cuando seas mayor puedas conocer la situación que he vivido y entiendas estos sentimientos que salen de lo más profundo de un corazón roto.
Te escribo mil cartas, mil palabras anotadas en un trozo de papel sin vida, que no me inspira ni pizca de confianza, pero que me libera de todo el dolor que tengo acumulado en mi interior.
Quiero que sepas que me he impuesto una terapia dolorosa, pero que me está haciendo mucho bien. Cuando me siento mal cierro los ojos y pienso en tu carita de ángel, esa piel morena, tersa y suave y tu media sonrisa cuando estás dormida, como si soñases con algo que te hace feliz. Pero luego despierto a la realidad, y creo escuchar tus gritos de niña hambrienta y asustada. Entonces me maldigo por ser la causa de ese dolor que tanto te afecta y lloro con el mismo desconsuelo con que lloras tú. Y es precisamente ese dolor tan intenso el que me obliga a frenar mis impulsos, a decir “no” cuando todo mi cuerpo dice “sí”. Esos gritos los tengo grabados en mi memoria, como si de una canción se tratase. No me dejan dormir, no me dejan vivir. Quisiera eliminar ese llanto para cambiarlo por risas, y sé que la única manera de conseguirlo es curándome de mi dependencia, convertirme en una mujer sana, alegre, sin ningún tipo de ataduras salvo las que me unan a ti, mi reina.
¡Pero es tan difícil!
Recuerda esto, preciosa: eres lo que más quiero en el mundo, por ti voy a luchar contra este demonio y contra todos los que se me crucen en el camino. Sólo te pido un poco de paciencia”.
Con todo mi amor.
Sanaa.



Lucía dobló el papel mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Oyó unos golpes en la puerta y a continuación entró la abuela con cara esperanzadora.
- ¿Qué pasó, mamita?
- Nada, mi cielo. Tu madre fue atropellada por un conductor que se encontraba ebrio. Ahora está en la sala de cuidados intensivos. Los médicos dicen que se recuperará. Alegra esa cara, cariño, vamos a verla.
Lucía se enjugó las lágrimas, y riendo como sólo una niña puede hacerlo, tomó la mano que le tendía su abuela. Una vez más, la vida le había sonreído.


FELICIDAD A TOPE

Desde hacía dos años, Elisa soñaba todas las noches con aquel maravilloso día. Por fin había llegado y se sentía muy feliz. Delante del gran espejo había un rostro radiante, orgulloso y satisfecho. La peluquera había llegado y le había recogido su larga melena en un precioso moño, dejando unos rizos que caían revoltosos sobre sus hombros dándole un aire juvenil y desenfadado.
No es que Elisa fuese vieja pues a sus cuarenta y dos años se conservaba bastante bien, aunque la vida no hubiese sido generosa con ella en algunas ocasiones. Sin embargo, su carácter abierto y extrovertido hacia que pusiese buena cara al mal tiempo y que se enfrentase a los problemas con coraje y valentía. Sonó el timbre de la puerta y entró María, su amiga encargada de maquillarla para tan excepcional ocasión.
María la maquilló con tonos suaves y acaramelados, realzando el color azul intenso de sus ojos y perfilando sus carnosos labios con un rojo fuego sensual y provocativo.
La imagen del espejo sonrió a Elisa. Tenía una mirada pícara y una mueca de satisfacción en su boca.
Esa imagen estaba contenta, con ganas de seguir adelante, sin ninguna intención de un arrepentimiento a última hora. Estaba segura del paso que por fin iba a dar después de muchos años de incertidumbre, dudas y titubeos.
Una vez peinada y maquillada se dispuso a vestirse.



El vestido era blanco satén, adornado con flores de plata y con un corte estrecho que le marcaba su esbelta figura. Poseía un enorme escote en la espalda y una abertura lateral que al paso dejaba al descubierto un muslo apretado y bien formado. Completaba el vestuario unos zapatos en plata y de altísimo tacón. Cuando estuvo preparada, Elisa salió a la calle, respiró el aire puro que le faltaba a sus pulmones por culpa del estrés y se dirigió al despacho de su abogado.
Allí la esperaba Antonio que al verla la miró con ojos de sorpresa y admiración a la vez.
- No es necesario que lo hagamos, Elisa. Podemos hablarlo y llegar a un acuerdo-, había dicho Antonio en un último intento por salvar la situación.
La mujer lo miró con ojos penetrantes intentando leer su pensamiento. Luego, lentamente, se volvió hacia su abogado y con voz firme y segura dijo.
- Date prisa, por favor. Mis amigos me están esperando y no quiero defraudarlos.
Una sonrisa se dibujó en sus labios rojos y un destello de luz brilló en sus azules pupilas.
- No todos los días se puede celebrar un divorcio.


Cuando necesito recrearme...

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